DISCURSO DE TOMA DE POSESIÓN DE LA NUEVA JUNTA DIRECTIVA DE LA ACADEMIA SALVADOREÑA DE LA LENGUA, CORRESPONDIENTE DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA.

Junta

Señor Director Saliente de la Academia Salvadoreña de la Lengua,
Doctor René Fortín Magaña,
Señores Miembros de la Junta Directiva Saliente,
Compañeros de la Junta Directiva Entrante,
Compañeros Académicos,
Invitados Especiales,
Señoras y Señores.

“Por el que hecha rosas de oro cuando dice sus palabras. Por ti, Galindo, que labras tu pensamiento sonoro."

Así hablaba Rubén Darío, el de León y el mundo, de nuestro Francisco Esteban Galindo, (1850 – 1896), aquel poeta delicado y dulce, político honesto, dramaturgo, pedagogo y vibrante orador. Este hombre nuestro, cuya figura debemos rescatar, honró a esta Academia Salvadoreña de la Lengua en sus inicios, comenzando a labrar la estructura de esta institución seria e importante que es hoy.

Junto a él, hombres ilustres como don Juan J. Cañas, que nos da, dejándose escuchar en la música de Aberle, vibrante y sonora, la letra de nuestro Himno Nacional, que clama aun por la paz, por la concordia y por la libertad, dichas supremas ahora diluidas en esta confusa situación nacional.

Y después, tantos otros, como el sabio Don Darío González, rector de nuestra entonces Universidad Nacional, y gestor de su autonomía en el año de 1871.

Me cuentan que Gavidia, nuestro gran olvidado, también, y ¡cómo no!, fue en parte constructor de esta obra de la cultura; y no debemos continuar porque la lista es grande, ilustre, noble, privilegiada. Son, estimados amigos, ya casi ciento cincuenta años de lucha de la Academia Salvadoreña de la Lengua por sostener la historia, que es la base de la cultura, porque es en la historia en la que se forja la cultura, y en la que la lengua es uno de sus sostenes fundamentales. Decía Unamuno, ese viejo especial, añejo y a la vez actual, joven de mil años: “Escudriñad la lengua; hay en ella, bajo presión de atmosferas seculares, el sedimento de siglos del espíritu colectivo”. Tremenda afirmación, que debemos mantener en la conciencia para poder sostener nuestra identidad de hombres mestizos, que es la característica inalienable aunque hoy atacada por oscuros intereses, de nuestra verdadera identidad, como sostuvo otro ilustre salvadoreño, el Doctor Alejandro Dagoberto Marroquín.

Ahora, esta nueva Junta Directiva que me honro en presidir, asume la responsabilidad de sostener este edificio del conocimiento y la cultura, esta noble Academia Salvadoreña de la Lengua. Compromiso serio y grande, pero que es posible afrontar bien porque ha confirmado y consolidado sus añejas bases sobre los hombros de tres de sus recios últimos directores, los Doctores Alfredo Martínez Moreno, David Escobar Galindo y René Fortín Magaña. Newton lo hizo sobre los de Galileo, Copérnico, Ticho Brahe y Kepler; Santo Tomás supo asentarse sobre Aristóteles; San Agustín sobre Platón. No es la comparación lo que debe corresponder esta vez, pero sí la experiencia y el sentido. La historia y la cultura se van tejiendo con los hilos del pasado, y así van a su vez colocando las bases del futuro. Una Academia que ha descansado sobre espaldas tan recias y nobles como las de Francisco Galindo, Juan J. Cañas, Darío González, Alfredo Martínez Moreno, David Escobar Galindo y René Fortín Magaña, ya sólo debe empujarse, casi inercialmente, porque la fricción es mínima aunque el entorno sea hostil y francamente adverso. Pero cuidado con descuidarla, porque las fuerzas que buscan negar la historia y la cultura están ahí, listas para actuar ante el menor resquicio que se les ofrezca.

En un país como el nuestro, el discurso de la cultura es difícil, y árido el terreno sobre el que debe transitar. Los directivos que ahora tomamos tal compromiso, lo entendemos bien, pero caminamos confiados. Hay muchos programas que debemos sostener, intentar; muchas dificultades que debemos vencer. Pero hay una meta que es fundamental, culmen, punto de inflexión: Mantener y difundir la lengua española, y protegerla de tanto ataque artero que le sobreviene a cada momento. Esta lengua noble, hermosa, bella, que hablaron Cervantes, y Unamuno, y ese viejo otoñal de Valle Inclán, y Pérez Galdós, y Menéndez y Pelayo, y Lope, y Ortega, y tantos otros, es la nuestra y no otra; y debemos llevarla en la frente sólo penetrada convenientemente por la que hablaron nuestros sabios tlamantinime. No otra lengua debe pervertirla, porque de ser así, se altera la cultura, se altera la historia, se alteran los valores, los que son nuestros, los que nos son propios, y eso es lamentable, porque como decía Ortega: “Aquellos pueblos que invierten sus valores son pueblos perversos”.

Debo agradecer finalmente el apoyo de los académicos que han confiado en nosotros, y ofrecerles en pago nuestro compromiso por continuar su labor, la labor de bastiones como el Dr. Fortín, y don Alfredo Martínez Moreno, y David Escobar Galindo, que nos han precedido con sus respectivas directivas.

Y solicito de ustedes el apoyo que a ellos les dieron. Esto nos dará confianza, esperanza y fe. Yo no creo, con Bacon, que “la esperanza sea un buen desayuno pero una mala cena”. Más bien, creo, con de Vigny, que “la esperanza es la más grande entre todas nuestras locuras”. Con esta esperanza vamos todos ahora, como el Caballero de Ariosto.

Gracias.

Eduardo Badía Serra.

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